24.6.12

Los chicles PUAJ venían con consignas que desafiaban. En general uno no se sentía desafiado por la golosina, sino por la persona que estaba a su lado al momento de abrir el chicle, sobre todo si se trataba de una hermana mayor y/o un primo menor. Habíamos dejado el auto en el garage y caminábamos hasta el departamento cuando saqué, de la bolsita trasparente, uno que decía "a que no te animás a meterte 3 puaj en la boca al mismo tiempo". Lo leí en voz alta. Me miraron. Lo hice. Inmediatamente se me pusieron los ojos rojos y me cayeron lágrimas a chorro, empecé a segregar saliva como perro rabioso, así, saliva blanca, espumosa. Se me durmió la lengua y los cachetes me ardieron unos 2 segundos, después empezaron a doler. Lo escupí, mi hermana se rió, mi primo quiso intentarlo pero mi mamá lo frenó a tiempo: -¡Si te hace eso en la boca, imaginate lo que te hace en el estómago! ¡Qué locura! ¡Dejensé de joder!-. Pero para mí ya era tarde, experimentaba la misma sensación de acidez de la que papá hablaba todos los días: fuego en la boca, en el pecho, en la boca del estómago. Podía percibir un dolor entre la encía inferior y la parte interna de la mejilla. El frenillo ardía como corte con gillette nueva. Hoy evoco la sensación de 3 puaj en la boca, la sensación de provocarme más acidez de la que mi pequeño cuerpo es capaz de soportar.

2.7.11

Cuando se acabaron los insultos para los amores de verano

aparecieron las infusiones de invierno...

1.3.11

Otra vez lo de los sueños fáciles...

Hola, sí, Freud??
Mirá, resulta que voy en el auto con mi hermana. Estoy manejando marcha atrás a mucha velocidad y me quedo sin frenos. Mi hermana insiste con llamar a mamá pero yo ya no sé cómo explicarle, mientras hago piruetas para no matar a nadie, que en este momento estoy muy ocupada como para llamar a mamá.
La cuestión es que como soy muy grosa y Ramón me enseñó muy bien, logro estacionar ahí, enfrente de lo de Don Cholo (sí sí, el almacenero de la vuelta de Seguí; mi hermana baja apuradísima avisando que va a llamar a mamá... y ahí nomás... ¡nooooooo! el auto otra vez va marcha atrás y esta vez voy sola.
No sé, decime qué onda...

15.6.10

Soy Victoria. Nací en Buenos Aires en el año 1988 y tengo, en este momento, 22 años.
Cuentan mis papás que cuando era “muy bebé” tenía muchos juguetes hechos por mamá: Cajas con gomitas y bloques de goma-espuma; y agrega mi mamá que cuando empecé a gatear no existía para mí un mejor plan que el de vaciar el mueble que estaba debajo de la pileta de la mesada. Sacaba platos, vasos y otras cosas que por ahí guardaban, reía a carcajadas, los desparramaba en el piso e intentaba volver a guardarlos pero ni mi neurosis ni mis habilidades para el orden estaban desarrolladas todavía y la mitad de las cosas quedaban tiradas por la enorme cocina de 3 metros de largo x 1,5 metros de ancho.
En el balcón de mis papás (estaba en el dormitorio de ellos), a los 2 o 3 años tiraba la colcha de mi cuna al suelo y daba clases de gimnasia -“levantá el pié” “bajá la cola”- y cuando papá me preguntaba qué estaba haciendo yo contestaba -“estoy dando clases de gimnasia b……a”- Sí, así era como había denominado yo misma a este nuevo tipo de gimnasia aun desconocida por muchas personas e iba a consagrarme como la profesora más pequeña e innovadora del mundo. En esa misma época e incluso un tiempo después, preparaba una crema que impedía que mamá envejeciera. El nombre de este increíble invento era “Crema Mancoman” y estaba hecha por un pompón de caucho o algo así dentro de un frasco vacío (o lo más vacío que consiguiera). Se lo ofrecía a mi papá también pero a mi hermana no porque todavía no lo necesitaba, es 3 años mayor que yo.
El departamento no era muy grande, así que jugaba con mis amigos del barrio, o más bien, mis amigos del edificio y algunos otros de la cuadra, en “el jardincito” (un patio grande con bastante pasto, árboles, flores y gatos, que compartían todos los departamentos). Alguno de los chicos bajaba y tocaba el timbre a todos los demás. Llevábamos galletitas, chocolatada o, si hacía mucho frío, una mamá bajaba con mate cocido. Jugábamos a la escondida y como yo era la menor siempre corría con desventaja y me tocaba contar, pero si éramos muchos jugábamos sardina enlatada, que era mucho mejor porque a nadie le molestaba contar y a todos nos gustaba escondernos. El 1, 2, 3 cigarrillo 43, la brujita de los colores, el huevo podrido y el patroncito de la vereda eran los juegos de todos los días. El último juego nos lo había enseñado mi abuela a mi hermana, a mi primo y a mí un día que nos habían visitado primos lejanos. Éramos muchos y no se nos ocurría a qué jugar, además a duras penas nos conocíamos… al otro día se lo enseñamos a los chicos del edificio y pasó a ser uno de los preferidos por todos.
A veces jugábamos al futbol. Nos disfrazábamos: los cortos, las medias hasta las rodillas, la camiseta de boca o de ferro y ¡a jugar al barro! Mamá chocha.
Con mi primo, en lo de mi abuela que era una casa grande pero sin patio, poníamos la música de vivitos y coleando y actuábamos cada tema además de bailarlo; de más está decir que agarrábamos antes de empezar todo lo necesario: pelucas, escobas, trapos, baldes y narices de payaso. El verano se ponía mejor porque en la terraza, mis tíos que todavía no se habían separado, armaban una pileta pelopincho donde jugábamos a lo mismo pero con agua.
Al jardín empecé a ir a los 2 años, pero no recuerdo nada hasta los 4. Ahí, me encantaba jugar con plastilina y bailar. Jugaba a la pelota; intentos de futbol, volley, basquet, paddle, pero nunca fui buena en los deportes y papá era casi siempre el encargado de buscar la pelota a la calle o, si estábamos en la playa, al otro lado del muelle.
La playa era el lugar ideal para jugar. La Lucila del Mar es chiquita y muy tranquila. Me dijeron el primer día “estos son tus límites: de las carpas al mar y del muelle hasta el final del balneario”; conocí muchos amigos que me duraron veranos y veranos, y, con la señora de la carpa de al lado que era la mamá de 2 amigos, íbamos a los médanos de atrás de la carpa al grito de “¡vamos a la jungla!”. Vivi, la mamá de Fede y Vale, era la guía y usaba, para que la siguiéramos sin perdernos, una paleta de plástico de color amarillo o azul que era útil también como machete.
En ese mismo lugar fue que descubrí, mientras papá y mamá tomaban un café en el bar de enfrente, que yo era obsesiva y compulsiva. El primer año de veraneo, la fiebre por las máquinas de ositos me perseguía noche a noche y cuadra a cuadra; años más tarde, mis trastornos obsesivos compulsivos se verían reflejados en las famosas cascadas. Me sudarían las manos y me temblaría el cuerpo metiendo cantidades infinitas de fichas en esa ranura ya que ningún otro video-juego llamaría mi atención.
A los 5 años empecé a ir a danza clásica porque me gustaba mucho bailar. Todo parecía serio. La profesora era exigente: usaba rodete y un bastón con el que golpeaba el piso para que fuéramos a tiempo pero pasaba a ser un juego cuando usaba tutú.
A los 6, en la escuela, era recurrente jugar a Los Power Rangers. Rodábamos por el piso y tirábamos patadas al aire pero a veces nos salían mal y nos sangraba la nariz. Por esa época, el balcón de mis papás, ex salón de gimnasia b… se convirtió en el tallercito, que era una copia mucho más rústica que el tallercito de mi mejor amiga, hija de arquitectos. Su tallercito tenía dos mesas y estaba lleno de elementos fantásticos para dibujar, pintar, medir, arreglar cosas, etc. El mío, en cambio, tenía un escritorio que yo había pintado y que se deshacía con la lluvia y era ideal para pintar, perder y romper cosas. Mamá, comprensiva y estimuladora, me regaló muchas cosas para que usara en el tallercito: un juego de química con microscopio incluido en donde miraba cada piojo que me sacaba y créanme que eran muchos, otro de electrónica que era in-cre-í-ble; tenía muchos cables y era para hacer circuitos, pero perdí el librito que decía cuáles eran las combinaciones de los circuitos en menos de un año, y otro, creo que el mejor porque nos hizo pensar en nuestro primer micro-emprendimiento: una máquina para hacer helados. Queríamos poner una heladería que se llamara “Los tres primos” y que estuviera en la reja del garaje del edificio. No nos alcanzaba con una sola máquina así que, hasta comprar más, íbamos a hacer experimentos para hacer los mejores helados del mundo y se los íbamos a convidar a todos nuestros vecinos.
Con mi hermana y unas primas postizas grabábamos una radio que se llamaba “Radio Solvímabe”, nombre originado por las primeras letras de nuestros nombres. Otras veces montábamos increíbles Shows de canto y baile para nuestro incondicional público: mamá y papá.
A 2 cuadras de casa estaba la Plaza Irlanda, donde pasaba horas en las hamacas gritando “¡más alto, maaá, más alto, paaá!” y, si estaba con mi hermana podía pasar mucho tiempo en el subibaja mirando desde arriba cómo reía mi hermana que me sostenía allá a lo alto sin dejarme bajar. Más tarde iba a tomar venganza de esta situación con mi pobre primo.
A los 7 no iba solo a la escuela y a danza, sino también al IVA (Instituto Vocacional de Arte). Ahí era todo juego, incluso en las clases de literatura jugábamos e inventábamos juegos de mesa, con sus reglas y consignas para cada casillero, y en los recreos jugábamos entre todos al poliladron o, en verano, a la guerra de agua junto a la profesora de expresión corporal. En el patio de atrás del IVA había un árbol de moras. Saltábamos la reja, trepábamos al árbol y bajábamos moras para comer todos juntos o para hacer mermelada. A veces jugábamos al fútbol y, como ya dije, yo era muy mala en los deportes y me dedicaba a pegar patadas o bailar en el medio de la “cancha” armada por dos arcos de buzos, mochilas o camperas. Las reglas eran claras: los chicos jugaban como se debía y las chicas podíamos hacer lo que quisiéramos menos tocar la pelota con las manos. Todo esto duró 4 años.
Cada tanto intentaba hacer alguna clase de aikido con mi primo 2 años menor que yo, pero me ponían nerviosa los exámenes y nunca rendí ninguno. Siempre fui “cinturón blanco punta amarilla”. En casa, jugábamos a que éramos huérfanos, porque para esa época ya existía chiquititas y mal que me pese, Chris Morena estuvo muy presente en toda mi infancia. El juego se ponía más patético. No solo éramos hermanos y huérfanos, sino que encima, en la puerta de nuestra casa nos dejaban una bebé abandona y teníamos que cuidarla. La bebé abandonada se llamaba Tita, era una muñeca que había sido de mi mamá y mi tía cuando eran chicas y mi abuela la guardaba para que nosotros heredáramos.
A los 2 años tuve un novio, mi única pareja estable hasta el momento, y fue mi mejor amigo desde entonces y hasta ahora. En su cuarto, con ayuda de su papá, él se había hecho un entrepiso y desde allá arriba había colgado una soga. Era muy divertido subir al entrepiso trepando por la biblioteca, bajar la escalera, tirarnos con la soga desde la escalera hasta la biblioteca imitando el grito de Tarzán y volver a subir.
Mientras tanto, en la escuela mis compañeritos ya jugaban a la botellita y al semáforo. A veces jugaba a la botellita hasta que terminaba la primera parte, que era la de besos en la mejilla. La segunda parte ya era con besos en la frente, en el cuello y hasta en la boca. En ese momento ya miraba desde afuera mientras comía las galletitas que nos daban en el 1º recreo. Fui la primera del grado en hacer un pijama-party. Con mis amigas del IVA era común juntarnos en alguna de las casas con bolsas de dormir, pero en la escuela nunca había pasado. Preparé todo: Muchas papas noisette, cuentos de terror, una peli sobre unas hermanas gemelas que no se conocían hasta un campamento y cartas para jugar casita robada, truco, chancho va y para hacer preguntas. Ese último fue el boom de mi pijama-party y de todos los siguientes.
Más adelante, y para mi sorpresa, mi “señorita” de Educación Física me dijo que yo corría rápido. De ahí en más, me dediqué en sus clases a entrenar para ir a los intercolegiales. Claro es que pasé solo la primera etapa, y quedé última al final… todos los años.
Cuando terminé la primaria, luego de ese viaje de egresados en donde jugábamos volley, nos disfrazábamos para ir a bailar y hacíamos competencias para subir al cerro de la banderita, empecé en un colegio con proyecto 13, que incluía talleres culturales y club de jóvenes. Durante la secundaria un amigo tiraba las cartas de Tarot y pasábamos noches enteras, igual que las de la primaria, jugando a eso entre otras cosas. Empecé en esa época, aprovechando el proyecto 13, teatro, volley y handball, pero desistí con los deportes y seguí con teatro desde entonces hasta la actualidad. Tanto fue así, que cuando me recibí de actriz luego de 4 largos años de estudio, juego y ensayo, mis amigas (la del tallercito envidiable y otra más) me regalaron el I-Ching, oráculo al que consultamos esas noches de insomnio que pasamos juntas en casa o en alguna plaza del barrio jugando, como cuando éramos chicas, a la generala, a las cartas, a un juego inventado por nuevos amigos llamado “martingala” y, sobretodo, a las hamacas.

1.2.10

Merodeaban la mala suerte, las malas experiencias, las subidas y las bajadas.
Merodeaban.
Ahora ¡Dije no!
Y me importa un pito que quieras arrancarme la piel.